Hay algo que encierra el firmamento
algo lleno de colores entre el viento y la marea,
algo que suena a fantasía y misterio,
algo que es posible verlo y sentirlo bajo el cielo.
No es justo -reclamaba- no tienes que llorar por nada,
es la calma de los mares tu calma,
y el oscuro de la noche tu refugio,
cuenta al alba la mañana cada día su hermosura,
no tienes que llorar por nada.
Pero siguió lloviendo,
y las nubes se acercaron al verla llorar,
y la luna se escondía junto a las estrellas,
con cuentas de alegoría al qué dirán.
No tienes que llorar por nada, y se alejó,
se alejó sin vela en el mástil, surcando el horizonte,
quebrando su brazo en movimientos pausados, se alejó.
Oí su adiós,
por primera vez oí su adiós,
acompañada del sonido de las olas que rompían mi corazón.
Poco a poco se desvanecía su presencia,
y la noche me cegó...
Tomé un cigarrillo y pretendí caminar de espaldas,
un par de metros, mientras no veía nada...
la luna entonces me miró,
la mar estaba en calma y lloré,
lloré por nada...