El fulgor de la nada
Oropeles de plástico,
medias lunas de neón,
esmaltes, brillos descarnados,
tintinean metales falsos,
sedas de mentira sobre algunos trapos,
tinturas escarlatas sobre un rojo cansado,
miradas cómplices, de soslayo,
moviendo las caderas en sinuoso paso,
arriba y abajo.
A la sombra de la farola,
dobla la esquina,
sube la avenida que de nuevo la bajo,
sigue paseando arriba y abajo.
Continúa anclado, varado,
zozobrando, con poco calado.
Por la borda la infancia,
unos padres, un mal recuerdo
y un ingrato trabajo.
Las amigas, las de al lado.
Sigue su camino, el culo balanceando
y oprime sus senos en el cristal de un auto.
Rehuye los espejos,
el fulgor vedado,
si no pagan, los viejos,
los vicios si son añejos
y cómo no, los pellejos.
¡Hasta aquí hemos llegado!
Estrella caída en el asfalto
que taconea arriba y abajo.
Por un billete un beso,
por dos un abrazo,
por tres muy tierno,
por cuatro un infierno,
y por cinco... eterno.
¡Cómpreme, que estoy en venta!
¡Cómpreme, que me vendo!
¡Cómpreme usted, caballero!
Seré su esposa, su secretaria,
su amiga, su amante,
su secreto, su pasión,
su purgatorio, su cielo.
Le susurraré al oído las mentiras más piadosas,
le escupiré en la cara las verdades más odiosas.
Lo que usted me pida es lo que yo quiero.
Su mostrador de carne sigue andando.
Insinúa, encanta, guiña y relame.
Una oferta, un trato.
Por unas horas, tú mi amo.
La calle se hace pequeña
mientras ella pasea,
arriba y abajo.
Confesora de la noche,
que a la mañana no llego.
Te acaricio, te acuno,
y entre algodones te llevo.
Te araño y te muerdo.
¿Revolcamos en tu coche?
¿Hotel o apartamento?
Suaves edredones o muelles de hierro.
¿Tarjeta o billetero?
Todo está bien si alcanzas mi precio.
¡ Cómpreme usted, caballero!
¡Cómpreme, que estoy en venta!
¡Cómpreme, que me vendo!
Le regalaré mi alma
y si paga bien... mi cuerpo.
Pandemónium
Y sucedió en aquel tiempo,
un veintitantos de enero,
una cruda madrugada,
cuando el despertador quiebra el silencio
y desbarata con su estridencia
uno de mis mejores sueños.
Así es, de somnolencia envuelto,
cuando consagro un momento
a enumerar los demonios
no dejando uno impune en todo el averno.
Quizá por mis invocaciones,
porque su poder no es bueno,
quizá sólo por eso,
así me lo consiguieron
y salvando todos los umbrales
mis temores desvanecieron.
No sé si motivaron sus nalgas,
sus tetas o todo su cuerpo,
o el fulgor que irradiaban sus ojos negros,
dos ahora carbones ahora cabrones
que me amansaron como un cordero.
Ansiaba su presencia,
el vaho de su resuello
y ella a sabiendas
forjó llave de tormento.
No podía discurrir,
mi cerebro pasó por muerto
e imitaba intentos,
arrastrado por su denuedo.
Hasta que quiso hacer,
hasta que quiso dejar de hacerlo,
hasta que me abandonó,
tirado como un perro.
Y en ese momento ya no fui yo,
ni la sombra me recuerdo,
pues con ella se evaporó
algo más que en mis propias carnes siento.
Sarpullidos en mi piel,
cola lanceolada,
colmillos y en la sien,
a cada lado un cuerno.
Nadie se acerca a mí,
sólo algún osado insecto,
en vano intento,
pues fenece sin remedio
ante la hediondez de mi aliento.
Oculto perduro mi vida,
me alimento del viento,
perdido sin remisión
entre la basura y el cieno,
huyendo con pavor
de lagos, ríos y arroyuelos,
de cualquier cosa que sea espejo,
incluso de los que puedan reflejar...
hasta el pensamiento.

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