El desbarrancadero
Alfaguara
Agregada el 25/04/09
pág. 14. «Hay que creer en algo, aunque sea en la fuerza de la gravedad. Sin fe no se puede vivir.»
pág. 34. «La inconciencia o no conciencia es condición sine qua non para la felicidad. No se puede ser feliz sufriendo para el prójimo.»
pág. 43. «[…] lo hijueputiaba. Perdón por la palabra, pero el castizo “hideputa” de Don Quijote vuelto “hijueputa” y su verbo es lo máximo de que dispone Colombia para insultar, para odiar.»
pág. 47. «La vida es un sida. Si no miren a los viejos: débiles, enclenques, inmunosuprimidos, con manchas por todo el cuerpo y pelos en las orejas que les crecen y les crecen mientras se les encoge el pipí. Si eso no es sida entonces yo no sé qué es.»
pág. 62. «Esta mujer que parecía zafada, tocada del coconut como si tuviera el cerebro más desajustado que los tobillos, en realidad estaba poseída por la maldad de un demonio que sólo existe en Colombia puesto que sólo en Colombia hemos sido capaces de nombrarlo: la hijueputez.»
pág. 73. «Es que yo creo en el poder liberador de la palabra. Pero también creo en su poder de destrucción pues así como hay palabras liberadoras también las hay destructoras, palabras que yo llamaría irremediables porque aunque parezca que se las lleva el viento, una vez pronunciadas ya no hay remedio, como no lo hay cuando le pegan a uno una puñalada en el corazón buscándole el centro del alma.»
pág. 80. «- ¿Qué habrá después de la muerte, m’hijo? – me preguntó. – Nada, papi – le contesté –. Uno no es más que unos recuerdos que se comen los gusanos. Cuando vos te murás seguirás viviendo en mí que te quiero, en mi recuerdo doloroso, y después cuando yo a mi vez me muera, desaparecerás para siempre.»
pág. 95. «Yo volví a mi discurso interior, a esta interminable perorata que me estoy pronunciando desde siempre y que no acaba: que lo uno, que lo otro, que por qué sí, que por qué no, que quién soy. Nada, nadie. Una barquita al garete en un mar sin fondo.»
pág. 96. «Los recuerdos son una carga necia, doctor, un fardo estúpido. Y el pasado un cadáver que hay que enterrar prontico o se pudre uno en vida con él.»
pág. 99. «En todo niño hay en potencia un hombre, un ser malvado. El hombre nace malo y la sociedad lo empeora.»
pág. 112. «Pasa el ventarrón del tiempo tumbando matas, derribando casas, llevándose los castillos del ensueño, los embelecos de la ilusión. ¡Al carajo, al carajo, al carajo!»
pág. 112. «Todo se tiene que morir. Y este idioma también. ¡O qué! ¿Se cree eterna esta lengua pendeja? Lengua necia de un pueblo cerril de curas y tinterillos, aquí consigno tu muerte próxima. Requiescat in pace Hispanica lingua.»
pág. 120. «Yo por mi parte la quería a ella más que a nadie, con un amor ilimitado. Si ella no me correspondía en la misma medida, qué me importa, qué carajos, el amor es así: desbalanceado, desajustado, desequilibrado, cojo.»
pág. 125. «Era un pobre espejo deslucido, sin marco, como de hotel de putas, pegado en la pared sobre el lavamanos, y tenía rajado el ángulo superior derecho. Entonces lo vi, naufragando hasta el gorro en su miseria y su mentira en el fondo del espejo: vi un viejo de piel arrugada, de cejas tupidas y apagados ojos.»
pág. 129. «El Tiempo, lacayo de la Muerte, se detuvo: papi había dejado el horror de la vida y había entrado en el horror de la muerte. Había vuelto a la nada, de la que nunca debió haber salido.»
pág. 135. «El que vive mucho carga con muchos muertos, es natural. Así lo establece la primera ley de los vivos o ley de la proporcionalidad de los muertos, que yo descubrí y que estipula una relación directa entre los años que vive el cristiano y los muertos que carga, cargando más el que vive más: v=m2d (ve igual a eme al cuadrado por de), donde v es vivo, m es muerto y d la constante universal del desastre, que por ser una “constante” cambia “constantemente” como el espacio de Einstein: se curva, se encoge, se estira, se expande, se alarga.»
pág. 159. «Arrepiéntome , Señor, de todo lo dicho y hecho. De las ilusiones que alimenté, de los sueños que soñé, de los muchachos con que me acosté, y ni se diga de los con que no me acosté porque no alcancé, pues el pecado mayor del cristiano es el no cometido.»
pág. 163. «Nada tiene realidad propia, todo es delirio, quimera: el viento que sopla, la lluvia que cae, el hombre que piensa.»
pág. 174. «Así procedo yo, construyendo sobre lo ya escrito, sobre lo ya vivido. El hombre no es más que una mísera trama de recuerdos, que son los que guían sus pasos.»
pág. 189. «¿Y para qué trajo entonces semejante chorro de hijos a este mundo sacándolos de la paz del otro, de la imperturbabilidad del no-tiempo, también llamado eternidad?»
pág. 190. «En ese instante entendí que se acababan de cortar mis últimos vínculos con los vivos. El taxi se iba alejando, alejando, alejando, dejándolo atrás todo, un pasado perdido, una vida gastada, un país en pedazos, un mundo loco, sin que se pudiera ver adelante nada, ni a los lados nada, ni atrás nada y yendo hacia nada, hacia el sin sentido, y sobre el paisaje invisible y lo que se llama el alma, el corazón, llorando: llorando gruesas lágrimas la lluvia.»
La Virgen de los sicarios
Alfaguara
Agregada el 10/03/09
pág. 7. «Estaba al final de esa carretera, en el fin del mundo. Más allá no había nada, ahí el mundo empezaba a bajar, a redondearse, a dar la vuelta.»
pág. 15. «Cuando la humanidad se sienta en sus culos ante un televisor a ver veintidós adultos infantiles dándole patadas a un balón no hay esperanzas.»
pág. 16. «La humanidad necesita para vivir mitos y mentiras. Si uno ve la verdad escueta se pega un tiro.»
pág. 45. «Cuando hay un cinco -digamos seis- con nueve ceros a la derecha, uno es un cero a la izquierda. Vale más un mono tití, de los que quedan pocos y son muy bravos.»
pág. 46. «La fugacidad de la vida humana a mí no me inquieta; me inquieta la fugacidad de la muerte: esta prisa que tienen aquí para olvidar.»
pág. 47. «Mire parcero: no somos nada. Somos una pesadilla de Dios, que es loco.»
pág. 68. «El odio es como la pobreza: son arenas movedizas de las que no sale nadie: mientras más chapalea uno más se hunde»
pág. 86. «¡Claro que no existe! Pongo mis cinco sentidos alerta más la antena del televisor a ver si lo capto, pero no, nada, todo borroso. Lo único que existe es lo que veo: un conejo. Y el conejo se va…»
pág. 92. «Creemos que existimos pero no, somos un espejismo de la nada, un sueño de basuco.»
La Rambla paralela
Alfaguara
Agregada el 25/12/08
pág. 9. «Desde esas mesas se podía ver enfrente, cruzando la calle, el hueco donde estuvo antaño ese teatro famoso que se quemó, ¿y que se llamaba cómo? ¡Qué más da, se me olvidó! Todo pasa, todo se olvida: teatros, barrios, hoteles, ciudades, perros, gatos, gente… Del incendio del teatro no quedaron sino ruinas y cenizas; y cuando descombraron las ruinas y el viento se llevó las cenizas quedó el hueco. – Ah, pero eso sí -se dijo el viejo-, un hueco prestigioso.»
pág. 10. «Bueno, vivo lo que se dice vivo es un decir: vivo a medias, medio vivo. Vivo de verdad no está nadie, ésas son ilusiones de los tontos. Día con día nos estamos muriendo todos de a poquitos. Vivir es morirse. Y morirse, en mi modesta opinión, no es más que acabarse de morir.»
pág. 22. «La Rambla a esas horas hervía de gente. Gente y más gente y más gente, todos desconocidos, todos extraños, un desfile de fantasmas sin parar.»
pág. 69. «Iban y venían, iban y venían, de la Plaza de Cataluña a la glorieta de Colón, y de la glorieta de Colón a la plaza de Cataluña. Tal su forma de llenar sus vidas, en un ir viniendo. [...] la ciudad de los hombres-péndulo.»