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Un otoño en Barcelona

Ya casi completo dos meses sin escribir. Todo un récord después de dos años publicando regularmente con ausencias que nunca habrán superado el mes. Pero como bien lo dice el dicho, pas de nouvelles, bonnes nouvelles. O como lo diríamos en español con palabras un poco distintas, las malas noticias son las primeras que se saben.

Asumiendo que aún me quede algún lector después de esta larga ausencia, supongo que es hora de contarles cómo me está yendo en mi nueva vida en Barcelona.

Pues resumiendo, estoy encantado con la vida en esta ciudad mediterránea. Desde lo que podría ser la visión más estereotipada hasta la vida académica cotidiana, todo ha tenido un impacto bastante positivo en mí.

El clima es casi perfecto. El final del verano se alargó y se alargó y todavía hay días en que me sigo sintiendo en final de verano, estando ya a mediados de noviembre. Me molesta un poco algunos días la humedad. Creo que es lo único que no me gusta, esa sensación pegajosa que se acentúa en algunos momentos. Pero las temperaturas son en general muy agradables. Andamos en camiseta y pantalones cortos todo septiembre y parte de octubre. Apenas ahora empezamos a usar sacos y chaquetas ligeras. Aunque hay días que sobran y con una simple camisa se está más que bien. Obviamente, el tiempo cambia todo los días y hemos tenido días mucho más fríos. Sobre todo en las mañanas temprano cuando las temperaturas ya pueden estar por los diez grados o menos. En cualquier caso, aunque el estereotipo de que aquí siempre hace buen tiempo sea falso, sí es cierto que ni nos asamos en verano, ni nos congelamos en invierno (bueno, sí, calor y frío hace, pero no como en otras partes). A veces nos llueve, y mucho, y a veces no vemos el sol en días… pero no importa, el resto compensa.

Aparte del clima, que aunque se quiera o no es algo que juega un papel importante en como se siente uno, también está la duración de los días. Claro que hay una variación grande entre el verano y el invierno, pero los días siempre serán más largos aquí que en Besançon, ya que estamos un poco más al sur. Eso es algo que me gusta. Después del cambio de hora en octubre, todavía puedo salir en las mañana a las 7 y ya veo luz. Oscurece cada vez más temprano, pero eso no impide que haya en cualquier caso más tiempo de luz, lo que tiene su importancia para alguien que viene del trópico.

Sumados a esos dos factores climático-estacionales, creo que lo mejor de todo ha sido el hecho de volverme a sentir en una ciudad. Yo, todo un bogotano convencido, no estoy hecho para vivir en un pueblo de 120 mil gatos. Besançon empezaba a hacer estragos en mi mente, me sentía encerrado, la monotonía acechaba en cada esquina de las máximo 10 calles que debía haber en cualquier dirección en la que fuera cuando estaba en el centro. Me aburría cada vez más.

Ahora, Barcelona tampoco es una gran ciudad. Bogotá es 2 casi 3 veces más grande que este gran pueblo. Pero bueno, es un pueblo cosmopolita, lleno de turistas, de idiomas distintos en cada esquina del centro. Es suficientemente grande como para que después de dos meses de haber llegado, todavía tenga la sensación de que no conozco bien ni mi propio barrio. Me sigo perdiendo incluso en sitios cercanos a mi casa. Y hay muchas partes que aún no he visto. Esta semana todavía descubría supermercados y fruterías y tiendas a algunas calles de donde vivo.

Barcelona tampoco es una ciudad de postal. Con excepción de la Barcelona de Gaudí, el resto es simplemente una ciudad normal, con sus barrios más antiguos o más nuevos. Algunos son laberintos de callecitas más estrechas, otros son perfectamente cuadriculados con calles amplias y regulares. Pero lo que no se le puede quitar, es que Barcelona es una ciudad que es agradable de ver, de vivir, de pasear.

Es una ciudad viva, como muchas en España. Eso también forma parte de lo mejor que me ha pasado aquí, el poder salir a cualquier hora del día o de la noche, de la madrugada incluso, y encontrar siempre el flujo incesante de gente por las calles del centro. El poder salir a tomarse una cerveza a las 10 de la noche e ir luego a comer, a cenar como dicen aquí, con tapas obviamente, casi a media noche. Es como si una parte de la ciudad nunca durmiera. El metro funciona toda la noche los sábados, y hasta la madrugada otros días. Sí, ya sé… Barcelona no es tan viva como Madrid, pero para ser un pueblote de 3 millones de habitantes, no está nada mal.

Y aunque para muchos Barcelona sea una ciudad poco segura y medio caótica (qué más podría pensar la gente que viene de algunos países nórdicos o germánicos donde todo funciona como un relojito suizo, por ejemplo), para mí esta es la mezcla perfecta de seguridad (qué más podría pensar un bogotano) y de caos. Es un medio estimulante y variado. Suficientemente diverso como para que mi cerebro no se muera de aburrimiento y suficientemente desorganizado para no perder la costumbre del desorden de mi Bogotá.

Y el toque que completa todo, es el bilingüismo que se respira acá. El tema es delicado. Hay quien cree que la sociedad catalana es una sociedad completamente bilingüe pero también hay quien dice que el catalán es una lengua aristocrática hablada como debe ser por sólo una minoría de la población. Hay quien cree que todos los que lleguen deberían aprenderlo para integrarse y que no deberían venir si no están de acuerdo. Y hay quien piensa que el catalán es sólo una molestia ya que después de todo estamos en España en donde todo el mundo debería hablar español, o castellano como se le dice aquí.

Al llegar a la universidad, nos entregaron una bolsa llena de material (en catalán obviamente). Nos daban la bienvenida al país (sí, al País Catalán… el País Catalán que está dentro del Estado Español). Nos explicaban la idiosincrasia de la sociedad catalana, las particularidades en los comportamientos. Incluso nos daban una guía de conversación y un diccionario. La universidad nos regala también dos cursos para que empecemos a aprender la lengua. Todo financiado por la Generalitat, el gobierno de este país. Hay que ver la cantidad de material didáctico que hay, los manuales, los diccionarios, las gramáticas, los libros de conjugación, los sitios de auto-aprendizaje por Internet. En algún punto hay que concluir que se le ha invertido mucha y mucha plata a la normalización y la difusión del catalán. Es algo que no se puede negar.

Y pues, aunque a algunos les cause conflictos la tensión lingüística que siempre está en el aire, yo opté por unírmele al enemigo. Tome el curso súper intensivo de 20 horas semanales de catalán todo septiembre. Y empecé el semi-intensivo de 8 horas semanales desde octubre hasta enero. Y he aprendido muchas cosas… pero nunca las uso. El problema es que el catalán está en todas partes pero a la vez es un idioma del que se puede prácticamente prescindir la mayor parte del tiempo. Toda la señalización en todas las entidades públicas está en catalán, mucha publicidad está en catalán, hay radios y cadenas de televisión en catalán, hasta el menú del restaurante en la universidad siempre está en catalán. Pero para un hispano-hablante, será siempre más fácil vivir en castellano que en catalán. Así que lo que se necesita es más una competencia pasiva que activa del catalán. Y bueno, para un lingüista, hay un claro interés en el hecho de aprender un nuevo idioma…

Bueno, pero no estoy sólo aprendiendo catalán. Finalmente, tomé la decisión de presentar una prueba de nivel de inglés también. Me mandaron al nivel 5… lo que no está nada mal ya que sólo hay 6. He mejorado un poco supongo en estas semanas, pero necesitaré algún día una inmersión para poder poner en práctica todo eso.

Y con esto llego al tema de mi cotidianidad académica. Mis días empiezan muy temprano, me levanto hacia las 6:15 de lunes a jueves. Decidí tomar el curso de inglés a las 8 para obligarme a estar temprano en la universidad y poder aprovechar el día. Antes de las siete empieza la aventura. Voy a coger el metro, tengo que tomar el de las 7:08, si lo pierdo y cojo el de las 7:11 luego tengo que atravesarme la estación de metro, salir y entrar a la de ferrocarriles, todo en tiempo récord, para llegar a las 7:18 al tren que sale a las 7:19 rumbo a Sabadell. Sabadell es una ciudad a unos 20 kilómetros de Barcelona. Mi universidad está por el camino, a 15 km de Barcelona. Así que tengo todos los días unos 30 minutos de tren en los que, cuando no voy cabeceando porque no dormí suficiente, aprovecho para leer. Ya terminé Le Rouge et le Noir y ahora me estoy leyendo Man in the Dark de Auster. Llego a la Autónoma a las 7:50, tengo que caminar otro buen trecho para llegar al servicio de lenguas y empezar clase a las 8.

A las 9, salgo rumbo al gimnasio. El servicio de actividades físicas de la universidad tiene sala de fitness, piscina, canchas de tenis, de squash, etc., etc. Me saco el jugo durante hora y media o dos horas. Hacia las 11, llego al restaurante. Voy por mi segundo desayuno. Normalmente sólo tengo tiempo de comer cereales antes de salir por la mañana. Después del ejercicio, voy por un café con leche y un cruasán de jamón con queso.

(Nótense los colores del azúcar, los mismos de la bandera catalana – amarillo y blanco -, y los mensajes impresos – “vull fer país”, o sea “quiero hacer país” y “visca Catalunya”, o sea “viva Cataluña).

A veces aprovecho para terminar las tareas de catalán y luego vuelvo a clase. De 12 a 2 estoy en clase de catalán. Al salir, es hora de almorzar, o de comer como dicen aquí. Ya sabemos todos que la vida en España está corrida unas dos o tres horas, así que entre las 2 y las 5 se puede comer en cualquiera de los restaurantes de la universidad. La comida no es cara, pero tampoco cuesta los 2.85 euros que pagaba en Francia. Si como primero y segundo, pago 4,70. Si como primero y segundo más agua o postre, ya son 5 y pico, y si me llevo el agua y el postre, son casi 6. Tampoco es que se coman delicias todos los días, pero para un flojo como yo que no cocino ni los fines de semana, no hay solución más práctica. De lo que sí estoy seguro, es de que la grasa y las calorías quemadas en el gimnasio todos los días, las recupero perfectamente al almuerzo, así que no corro ningún riesgo de desaparecerme. El menú típico tiene papás a la francesa y alguna carne de segundo, y ensalada o pasta de primero, todo bañado por generosas dosis de grasa.

Terminado el almuerzo, el siguiente paso depende de los días. Los martes y jueves tengo clase de máster de 3:30 a 7:30. Y a las 7:30 emprendo el viaje de regreso a Barcelona para estar llegando a mi casa hacia las 8:30 o más tarde si paso a hacer compras antes por alguno de los cincuenta mil supermercados que tengo en el camino y que están abiertos hasta las 9 o 10 de la noche.

Los lunes y miércoles me voy a la biblioteca. Como ya se habrán dado cuenta, el campus es inmenso y tiene de todo. El campus de la Autónoma no es un campus típico en España ni en Europa, pero me gusta mucho, tiene un aire a la Nacional, una ciudad universitaria verde con todo lo que un estudiante necesite. Con la diferencia de que la Nacional está enclavada en plena ciudad y la Autónoma está enclavada en las montañas a varios kilómetros de cualquier ciudad (lo cual tiene una explicación en el hecho de que la universidad apenas tiene 40 años y de que construyeron el campus hacia el final de la dictadura de Franco con el objetivo de sacar a los estudiantes de la ciudad y de aislarlos para que no pudieran alborotarse y hacer muchos aspavientos).

Pero decía entonces que tiene un aire a la Nacional, a ciudad universitaria, pero también a universidad pública llena de graffitis reivindicatorios de todo tipo (que sólo se hable catalán en las clases, que afuera extranjeros – entendido como todo lo que no sea catalán, aunque sea español -, que la señora rectora no debía haber cancelado la fiesta mayor excusándose en la supuesta crisis, que no a los despidos injustificados de Pepita y de Marujita las señoras de la fotocopiadora, que no a la represión del movimiento estudiantil, que más o menos lo mismo que se puede decir en cualquier universidad pública en Colombia, en Francia o en España).

Pero más allá de ese ambiente de inconformismo a todo y de la pobreza estética de las construcciones (porque aparte de todo se construyó en tiempo récord para poder sacar pronto a los estudiantes de Barcelona), pues la infraestructura no está mal. Hay varios bares-restaurantes en los que se puede desayunar de 9 a 12 y almorzar de 2 a 5. Varias bibliotecas bastante grandes y bien equipadas. Una estación de trenes de Renfe (la compañía española) y otra de Ferrocarriles (la compañía catalana). Un cine, residencias estudiantiles con supermercado y no sé qué más comercios, una oficina de correos, dos bancos y varios cajeros, peluquería, una tienda de ropa, una librería-papelería inmensa, una escuela de conducción. Y mucho verde por todos lados.

Personalmente, no me aburro en el campus, por eso paso mis días de 8 a 8 allá. Y decía pues que los días que no tengo clase, me voy a alguna de las bibliotecas y estudio catalán e inglés hasta que me aburra (porque cierran a las 9 y en períodos de exámenes algunas ni siquiera cierran). Me gusta sobre todo la hemeroteca porque tiene un ventanal inmenso que da a la plaza Cívica, algo como la plaza Che de la Nacional.

Esta es una vista de la Cívica desde el tercer piso de la hemeroteca, el edificio cuadrado es el restaurante más grande, todo el resto alrededor son comercios y al fondo el cine.

A principios de noviembre normalmente la universidad organizaba la fiesta mayor, con conciertos y espectáculos. Pero este año la rectora decidió cancelarla porque decía que en tiempos de crisis hay otras prioridades que gastarse la plata en fiestas. Los estudiantes, obviamente descontentos, decidieron organizar una fiesta alternativa para probar que puede haber fiesta así sea sin apoyo de la administración. Además porque no falta el que dice que todo era una excusa para poder acabar con la fiesta… Afortunadamente aquí todavía no desalojan y cierran la universidad por razones de seguridad como sí pasa en otras partes (cualquier paralelo con el aquelarre es mera coincidencia).

Total, el punto es que la fiesta se hizo, un jueves en la tarde-noche-madrugada. Pero resultó ser simplemente una gran aglomeración de gente, con algunos remedos de conciertos y mucho, mucho, mucho, mucho alcohol. Resultado, la universidad quedó hecha un basurero y así se quedó hasta el lunes que la gente de limpieza arregló todo. Este era el panorama frente a la biblioteca de Humanidades el viernes en la tarde.

Los viernes no voy a la universidad a menos que tenga alguna conferencia del máster. Normalmente me levanto muchísimo más tarde para recuperar sueño. Entre viernes y sábado me dedico a problemas más domésticos. Lavar ropa, limpiar el baño, barrer un poco, ir de compras. También pasé bastante tiempo con los problemas administrativos. La solicitud de tarjeta de residente fue toda una aventura. Que se necesita estar matriculado en la universidad para poderla solicitar pero en la universidad se necesita presentar la solicitud para poderse matricular. Esos círculos viciosos presentes en cualquier buena burocracia. Pasé semanas y semanas tratando de reunir todos los papeles. Finalmente la solicité y apenas hoy la reclamé, mi pedazo de papel plastificado como cualquier vulgar carné que dice que me puedo quedar en España hasta el dos de septiembre del 2010. Y vayan a saber lo que voy a hacer después de eso…

Mi celular fue otro viacrucis. No hubo manera, a pesar de los no sé cuántos intentos que hice, de poder comprar un pospago antes de tener el número de identificación de extranjeros. Y como eso tomó varias semanas terminé con un prepago, que también tuve que luchar para lograr encontrar el teléfono que yo quería. Algún lado positivo debe tener. Ahora ya no me cambio a pospago. La cuenta bancaria tuve que abrirla como no residente y hoy tuve que ir a cerrarla para abrir una nueva como residente. En fin, una perdedera de tiempo completa todo el tiempo con un montón de papeles y cosas.

Así se van los fines de semana, descansado del trajín de la semana y sin lograr todavía ponerme a trabajar en serio en mi trabajo de investigación. En unas semanas probablemente vaya a Francia a ver a mi directora de investigación para tratar de ver cómo encaminar el trabajo este año. A ver si logro coger impulso para ponerme las pilas y empezar a darle.

Desde que estoy en Barcelona mis impulsos viajadores no han resurgido. Parecería que la ciudad me llena y no tengo que estar saliendo todo el tiempo para desaburrirme. El viaje a Francia será el primero, y precisamente a Besançon, mala cosa ;)

Por el momento, pongo algunas fotos de estos dos meses, para que me vean la cara al menos.

Esta primera es de los primeros días con las amigas inglesas de Tessa, las que vinieron con ella en el carro que alquilaron. Aquí estábamos comiendo tapas a media noche en Gràcia, un barrio con bastante vida nocturna.

Esta fue la salida a Montornés, las últimas fotos que había puesto del desfile de gigantes. Pues aquí estamos con Tessa y el amigo catalán de ella que nos invitó. Y estamos desayunando casi a medio día con chocolate y churros.

Esto fue al final de mi primer curso de catalán. El profesor era muy buena gente. Se llamaba Andreu. Y aquí está a la izquierda un peruano, yo, el profe, y un ecuatoriano. Era la foto de despedida de los latinos…

Esta fue una fiesta en la casa de Tessa. Ahí estamos ella y yo.

Esta fue una salida con Zuzanna, la polaca, la otra que estuvo con nosotros en Francia el año pasado y que está ahora también acá. Sólo estamos nosotros tres porque todos los otros se fueron a hacer el segundo año en Inglaterra. Esto en el Parc de la Citadella, cerca a mi casa.

Y el picnic ya más hacia el lado de la playa.

Esto fue hace unos días, el cumpleaños de una compañera rusa. Ya se nota que las temperaturas han bajado un poco. Es en la terraza de un restaurante de la universidad.

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