Toros, caballos, playa, sol, el sur de Francia, casi España… Eso es la Camargue.
Y no, todavía no estamos en vacaciones. Ya terminamos exámenes y estoy dedicado al trabajo de investigación. Pero este fin de semana me pegué a una excursión de los becarios rumbo al sur de Francia, una ganga para todo lo que hicimos, ya que era el CROUS el que se encargaba de una parte de los gastos y nosotros sólo dimos una cuota.
La Camargue es una reserva natural de Francia, en el delta que se forma en la desembocadura del Ródano. En realidad todavía hay bastante camino hasta España, está a mitad de camino entre Italia y España. En cualquier caso, a principios de mayo el clima es perfecto para visitarla. Y hay que aprovechar antes de que el mar se la lleve por delante. Según nos contaban, una parte de la reserva está por debajo del nivel del mar, y el nivel del mar ha subido varios metros desde hace unas décadas. Nos mostraron en un albergue una marca de 1920 que indicaba 100 metros sobre el nivel del mar. Hace unos años volvieron a medir, el nivel había bajado varios metros. Y el dueño, un viejito al que hay que creerle, nos decía que las playas hace unos años tenían unos 400 metros y ahora apenas hay espacio para bañarse. Así que inundación total dentro de unos años.
Rápido recuento de los lugares que visitamos, y luego verán todas las fotos en el álbum.
Salimos el jueves, festivo acá, rumbo a Aix-en-Provence. Hicimos una escala pequeña en un pueblito que se llama Pierrelatte. Sólo paramos a almorzar, pero al irnos, pasamos por una granja bastante particular que queda cerca a una central nuclear. Por lo que parece, usan el agua caliente que viene de la central (la que usan para enfriar), para tener unos animales que uno no se esperaría en estos lares. Es la Ferme aux crocodiles, un invernadero en el que tienen cocodrilos de todo el mundo, algunas tortugas de Galápagos y de Seychelles y plantas tropicales.
Pasamos la noche en Aix-en-Provence, nos dimos una vuelta en la ciudad cuando ya era tarde.
Iba con Sewoenam, mi compañera ghanesa.
Segundo día, camino a Marsella. Seis años después de mi primera visita, me encontré con una ciudad un poco más arreglada, con tranvía nuevo, pero igual de sucia, desordenada, bulliciosa… Ir hacia el sur de Europa como que siempre da la misma sensación, se siente uno más en la casa.
Tuvimos sólo cuatro horas para pasearnos un poco cerca al puerto viejo. Más o menos el mismo paseo (en versión turbo) que había hecho en el invierno del 2001, pero con un sol y una temperatura más agradables.
Frente al puerto viejo, con Notre-Dame de la Garde al fondo, la que cuida a la ciudad.
La catedral.
Notre-Dame de la Garde.
El puerto desde Notre-Dame de la Garde.
El Château d’If (para los que se leyeron el Conde de Montecristo) desde Notre-Dame de la Garde.
El interior de Notre-Dame de la Garde.
Un mercado como de los que no se ven en el norte de Francia, sucio, lleno de gente, con almacenes alrededor de chucherías, y un montón de sitios de comida grasosa que no tiene mucho que envidiarle a la fritanga.
En la tarde, nos llevaron en barco a ver las “Calanques de Marseille”. Son unas formaciones rocosas hacia el sur de Marsella. Se puede llegar en barco o caminando en algunos casos desde la ciudad. Son como acantilados en los que a veces se ven todas los estratos de formación. Y hay varias bahías en que la gente se pasa el día echada al sol. Nosotros no bajamos, estuvimos tres horas en el barco viéndolas todas, fuimos hasta Casis, que ya es otra ciudad pequeña siguiendo la costa.
La catedral al alejarnos del puerto.
En el barco.
Esa misma noche, rumbo a Les Saintes-Maries de la Mer, el emblema de la Camargue. Es una ciudad pequeña que en sí no es tan linda, pero es el punto de partida para todas las excursiones en la reserva. Como en Aix, dormimos también en un albergue juvenil, con el dueño que no cabía de la dicha por recibir cincuenta personas de todas las nacionalidades al mismo tiempo. Había un grupo grandísimo de malayos, otro de árabes de todas las nacionalidades (tunecinos, marroquíes, libaneses, sirios), africanos de Nigeria y Gabón, unos chinos, unos tailandeses, un par de rusos, unos azerbaiyanos y un latino…
En el sur de Francia, se juega mucho a un juego que se llama la pétanque, en España le dicen petanca. Y algunos dicen que está en vía de desaparición pero la verdad en todas partes vi gente jugando, y hay mucho niño también, no creo que sea tan de verdad un juego de viejos. Hasta en Besançon se ve a veces gente jugando.
Es un juego de bolas, como las canicas que jugamos nosotros, pero con bolas metálicas más grandes, al que quede más cerca del “cochonnet” (la bola más pequeña y de otro color que se tira primero).
Tercer día, visita de una manada. Como la Camargue es una reserva natural, la gente que todavía vive ahí (y que no vive del turismo – o del arroz), se dedica a la cría de “manades de taureaux”. Con los toros, los caballos camarguenses son las imágenes más famosas de esta región. Según el dueño de la manada que visitamos, el hombre, el caballo y el toro viven en total harmonía como si no pasara nada. Sólo que pasa que a los caballos los usan para manejar a los toros y los toros los usan para las corridas de toros.
Pero pequeño detalle, la “corrida espagnole” no es lo mismo que la “course camarguaise”. Los españoles matan al toro, el que cuenta es el torero que lo mata, ese es el famoso. Aquí, los personajes centrales son los “taureaux vedette” y los “raseteurs” son completamente secundarios. La cosa es que los toros antes de entrar en las “arènes”, los “gardians” les ponen en la cabeza una cinta, una cuerda y unos pompones. El “raseteur” provoca al toro y cuando se le lanza, tiene que quitarle los adornos de la cabeza. Si al toro le pasa algo, se para todo, porque no se trata de maltratarlo. En los afiches aparecen los nombres de los toros y la gente va a ver sus toros preferidos, nada más. A los toros sólo los hacen trabajar una vez por mes durante la temporada que dura 7 u 8 meses, y cuando envejecen los dejan morir naturalmente en las fincas, y cuando se mueren, si era un toro que querían mucho, lo entierran de pie o lo disecan para exhibirlo.
El tractor en el que hicimos el recorrido por la finca.
Los caballos camarguenses.
La manada.
Generalmente, esto es una cuestión familiar, los “gardians” siguen por tradición de generación en generación el oficio de los papás, este niño parece destinado a cuidar toros también.
Toda la familia a caballo.
El pueblito mismo de Les Saintes-Maries de la Mer es muy pequeño y bastante turístico. Se come toro y mucha comida de mar, como las “tradicionales” paellas valenciana y andaluza. Obviamente yo comí toro a ver a qué sabía, y obviamente me supo igual que todo.
La plaza de toros.
Una banda “animadísima”.
El flamenco rosado es el tercer animal emblemático de la región.
Para la última noche nos tenían una sorpresa, era una muestra de un típico baile de la región: el flamenco. Pero todo tiene una explicación, en esta región viven muchos descendientes de gitanos españoles, deben haber sido ellos los que trajeron tantas cosas como para que uno se sienta más en España que en Francia. El espectáculo en sí no fue tan bueno como otros que he visto incluso de aficionados. Pero hicieron cantar y bailar a todo el mundo en español “un, dos, tres, baila”… Juanes no es el único que lo ha logrado.
Cuarto día, antes de regresar, pasamos la mañana en Aigues Mortes. Otro pueblito cerca y en la costa. Este es más bonito porque está completamente amurallado. Es igual de turístico y comercial. Igual que en Les Saintes-Maries de la Mer, se encuentran las tradicionales “viandes a la plancha (sic)”, toda clase de paellas, etc.
Y el regreso, de lo más animado. El equipo árabe compitió con el equipo africano en ritmo y creatividad musical, y la cosa es reñida. Faltó el equipo latino, que no la tendría muy fácil con semejante competencia.
