Tomo 4, capítulo 2
El segundo día subimos a una estación más lejos, donde había mucha más nieve. Esta sí estaba más decente. Aquí nos tocó subir en teleférico hasta mil y pico de metros para empezar a ver la nieve.
En la mañana no había todavía tanta gente. Esa que se ve es la pista de esquí alpino. Eso sí ya es otra cosa. Ahí sí hay que saber mover las caderas para no irse contra el mundo cuesta abajo. Damien y una amiga de él, que nos había llevado en carro, estuvieron toda la mañana subiendo y bajando. Catalina, el niño y yo nos aburrimos toda la mañana porque no encontrábamos qué hacer (aquí no había esquí de fondo).
Lo que nos quedaron debiendo fue el frío, estábamos como a unos 5 grados, pero bueno, tampoco hay que quejarse tanto.
El paisaje de postal, así que ahí todo compensa.
Una parte de la estación.
Después del almuerzo, Damien me prestó sus esquís y me propuso enseñarme a usarlos un poquito en una pista de principiantes para que al menos supiera como era el esquí alpino.
Esto no se cuenta, se ve. Miren al niñito, una pulga de unos 5 años, ni un golpe, ni un resbalón, impecable. Y así hay ejércitos, todos se mandan por todos lados que uno dice si ellos pueden uno tiene que poder también. Pero no sé, la amotricidad que uno se manda es atrevida. No conté las caídas, pero lo importante es que salí entero y sin nada partido. Una muestra:
Lo mejor es cuando uno cae con los esquís apuntando para dos lados distintos, con las piernas abiertas y que es imposible moverse ni levantarse…
Ya por la tarde, descubrimos la pista de “luge” (una especie de trineo). Esa es la menos peligrosa de todas. Ninguna caída registrada, claro porque uno siempre está en el piso
) Salimos solamente lavados y congelados pero nada más.
