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Vacaciones de invierno (4)

Tomo 2, Capítulo 2

En general, la impresión que me dejó Alemania esta vez fue radicalmente distinta de la que tuve en el 2002. Esa vez me parecieron mala gente y groseros. Y pues sigo pensándolo hasta cierto punto. Nada más chocante que pasar unos meses en Francia donde uno atropella una persona o le pega sin querer y es el otro el que se voltea a pedir perdón y llegar luego a Alemania donde la gente lo atropella a uno y no voltean ni a mirar. Pareciera que la palabra “perdón” no existiera.

Pero no se repitieron escenas como la de la compra de postales en la que no entendíamos ni en alemán, ni en inglés, y entonces se les saltaba y nos tiraban las vueltas por la cara. Antes al contrario, esta vez fueron más bien amables. Catalina hizo compras y nos tuvieron paciencia cuando la tarjeta francesa no le sirvió y nos explicaron que no aceptaban tarjetas extranjeras (en inglés).

Igual esta segunda inmersión iba afinando nuestro oído y ya empezábamos a entender algunas cosas. Catalina y yo decidimos que ya estamos en un nivel A1.1. Ya éramos capaces de llegar a la tienda y de decir “hallo”, “bitte”, “danke”, “tschüs”. Y bueno, ya saber decir eins, zwei, drei, vier, fünf, sechs, sieben, acht, neun, zehn, eso ya es un gran avance… Con eso y “eingang” y “ausgang”, sobrevive uno (y con las maquinitas de comida ;-) .

Ya con Catalina nos aventuramos a ir a probar alguna especialidad de la región. El jueves fuimos a comer a un restaurante buenísimo, dimos con una mesera que nos entendió en francés y que nos sirvió una carne de cerdo apanada con papás a la francesa. Ya se me olvidó el nombre del plato. Pero cuando vayan a Karlsruhe, hay que ir a comer al Emaille Café, 142 Kaiserstraßen. ¡Es rico, mucho y sobre todo barato!

Descubrí también que las donuts, las redondas rellenas (no los anillos), que en Francia les dicen “boules de Berlin” (porque los beignets son diferentes) y en Alemania “berliner”, no vienen de Berlín (o eso dice Luz H.). Pero no sería sorprendente, sería como las papas francesas belgas por ejemplo. Como sea, son deliciosas y me mandé una de postre en una panadería autoservicio.

Y para cerrar el circuito turístico, teníamos que hacer las visitas de rigor en Karlsruhe. La ciudad en general no me mata. Pero eso sí, me hacía falta poderme meter a un centro comercial y ver el consumismo obsesivo-compulsivo en plena acción. Eso, por raro que suene, no se ve tanto en Francia, no en ese escenario. Aquí los centros comerciales son raros y a lo que le llaman centro comercial son generalmente hipermercados con dos almacenes al lado.

En cambio en Alemania di con dos centros de verdad, en plena ciudad (impensable en Francia), con todo lo que uno quiera. Lo único que no encontré fueron los cinemas. Pero hasta pizza por porciones había (a 2.50). Tan cerca y tan diferentes, ¿no?

Este es el tranvía-tren de cercanías de la región de Karlsruhe.

El castillo, ese sí es bonito.

Se puede subir a la torre del castillo.

Y esta es la vista.

También se ve la Selva Negra, y un estadio perdido.

Y en el museo hay de todo, desde la antigüedad.

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